Ex presidentes, mesianismo y un carisma a la baja: Que dios nos libre de los regresos

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Por Tito Flores Cáceres

A nuestro pesar, los ex presidentes Ricardo Lagos y Sebastián Piñera, han manifestado su disposición de regresar a La Moneda. Nada personal contra ellos, sólo que la evidencia histórica del siglo XX y de lo que va del XXI en Chile, han dado indicios de que las más de las veces, las segundas partes presidenciales nunca son buenas.

Lo anterior tiene una explicación casi obvia desde el punto de vista social y político: los carismas se desgastan, y los ex presidentes en sus intentos de regreso, fallidos o exitosos, parecen inspirarse más en un mesianismo idealizado, respecto de su propia persona, que en una actitud política sensata y con criterio de realidad, que les haga comprender que ya no son quienes fueron en el momento de ser electos por primera vez.

Max Weber señala que el carisma, “es la cualidad, que pasa por extraordinaria, de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas -o por lo menos específicamente extracotidianas y no asequibles a cualquier otro”. Agrega Weber, que en tal sentido “no importa la manera en que habría de valorarse objetivamente la cualidad en cuestión, sea desde un punto de vista ético, estético u otro cualquiera, sino, en la manera en que tal cualidad es valorada por los “dominados” carismáticos, es decir, por los adeptos”.

El carisma sin embargo, y eso es lo que parecen olvidar los presidentes con anhelos de regreso, no es un capital inagotable. El ejercicio del poder, como es lógico, lo va desgastando paulatinamente. De tal modo, aquellas cualidades que hicieron que los seguidores le confirieran al líder un aura sacra, se secularizan, y por tanto, se institucionalizan. Lo que antes fuera novedad, deviene en normalidad y en rutina. Seguir leyendo

Para construir gobiernos efectivos

bid construyendo gobiernos efectivosConsiderando que actualmente las autoridades prestan especial atención a los resultados que logran sus administraciones, y que paralelamente, los ciudadanos ya no solo demandan universalidad, sino calidad de los servicios que provee el Estado, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha publicado recientemente un texto que analiza la situación actual, los avances y los retos que enfrentan los gobiernos de América Latina para lograr mayor efectividad en la actuación de las administraciones públicas.

Se trata del libro “Construyendo gobiernos efectivos: Logros y retos de la gestión pública para resultados en América Latina y el Caribe” que recoge datos de 24 países de la región relativos a las nuevas leyes generadas, a las instituciones modificadas y a la puesta en marcha de  instrumentos y metodologías de gestión innovadoras que apunten a este objetivo.

Descargue el texto aquí.

Los Cuatro Elementos y la Alquimia del Buen Gobierno

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Por Tito Flores Cáceres (*)

Este artículo fue publicado originalmente en NuevoCiclo.cl

Parafraseando a los antiguos alquimistas, el buen gobierno es la quintaesencia resultante de la combinación de cuatro elementos fundamentales: conducción, coordinación, anticipación y comunicación. El buen gobierno contiene en sí, como quinto elemento, la potencia y el equilibrio de los otros cuatro. ¿En qué consiste cada uno de ellos?

Cuando hablamos de conducción, hablamos de liderazgo. El jefe de gobierno debe ser capaz de ofrecer a los ciudadanos/as una visión futura de país y a la vez, implementar las medidas necesarias, para que tal sentido de futuro sea compartido por ellos. No puede bastarle al gobernante operar con criterios de racionalidad instrumental. Debe apelar a la emocionalidad de sus gobernados. Debe hacerse cargo de construir y afianzar un sentido de nosotros que se ancla a la posibilidad de un futuro mejor para todos.

Como jefe gobierno, su responsabilidad pasa también por hacer sentir el peso de su timón en los diversos organismos que constituyen el poder Ejecutivo. Sin caer en personalismos o autocracias, el Presidente/a ha de ser capaz de constituirse en una figura de autoridad, tanto política como técnica. Y en esto su capacidad de construir equipos sólidos en el gabinete de ministros es esencial.

Los vacíos de conducción se pagan caro. Los jefes de gobierno ineptos no sólo pierden credibilidad sino que además su capacidad y jerarquía son fuertemente cuestionados. Los ciudadanos asumen en mayor o menor grado que el país queda a la deriva y que sólo gracias a la inercia gubernativa éste sale adelante. En estos casos, los países con mayor solidez institucional llevan la ventaja. Los frágiles en este ámbito se verán mucho más afectados por gobiernos incapaces de generar conducciones adecuadas, pues al no contar con resortes impersonales de salvaguarda, quedan a merced de grupos de interés que ocupan rápidamente los vacíos dejados por el Presidente/a aprovechando para sí estos déficit de timón.

El segundo elemento es la coordinación. Un buen gobierno, teniendo en mente la idea de futuro que ofrece su líder, debe ser capaz de hacer actuar a sus diversos componentes, de manera acompasada, rítmica y en el momento adecuado. No puede haber pisotones ni solapamientos ni redundancias. En el otro extremo, tampoco pueden permitirse inacciones negligentes bajo el pretexto de “yo pensé que el otro lo iba a hacer”.

En este ámbito el trabajo en equipo es clave. Los diferentes ministerios, los diferentes ámbitos sectoriales deben dialogar permanentemente. Ha de haber un tránsito de información horizontal, a la vez que ascendente/descendente. La horizontal permitirá la coordinación entre pares de manera fluida y constante. La ascendente/descendente, afianzará la capacidad de conducción del Ejecutivo, a la vez que le permitirá al equipo político la toma de decisiones en cuanto a timing legislativo, prioridades de agenda o vinculación con la ciudadanía. En este ámbito, el gabinete del Presidente; el Ministerio del Interior y el Ministerio dela Presidencia (o su equivalente) juegan un papel preponderante.

La anticipación. El tercer elemento. Un buen gobierno debe ser capaz de escuchar y observar lo que está pasando a su alrededor. Prever escenarios y, como en el ajedrez, no subestimar a ningún potencial contrincante. Todo incendio forestal comenzó con una pequeña fogata no apagada a tiempo. La anticipación hace alusión precisamente a esta última variable: el tiempo. El gobierno debe tener un ojo puesto en el aquí y ahora y otro en el futuro. La gobernabilidad en buena medida tiene que ver con la capacidad de adelantarse a la explosión de conflictos. Ellos deben ser detectados y desactivados cuando están larvándose. Si estos saltan a la agenda mediática y de allí a la opinión pública en forma de escándalo se ha llegado demasiado tarde.

El desafío para un buen gobierno es entonces establecer los dispositivos adecuados que permitan monitorear todas las situaciones potenciales de tensión. Y aquí hay dos caminos posibles: el territorial, por medio de los representantes políticos del poder central en regiones, provincias o espacios locales y la sectorial, por la vía de los especialistas o autoridades técnicas en diferentes asuntos públicos que tienen presencia permanente en las localidades. Pero no basta su presencia. Los flujos de información deben ser expeditos hacia y desde el nivel central y su tratamiento debe llevarse a cabo con mirada estratégica. Insistimos que para lograr una efectiva anticipación lo peor que puede hacerse es subestimar situaciones. Aquello es aún más grave que no haberlas detectado.

Un viejo aforismo señala que gobernar es comunicar. El cuarto elemento entonces está implícito en los tres mencionados anteriormente. Un buen gobierno debe hacer de la comunicación un aliado permanente. Más aún, debe concebir cada uno de sus actos como una acción comunicativa hacia sus públicos. En plural porque no sólo tiene uno. El mensaje, su contenido y su medio de transmisión deben tener en cuenta a quién va dirigido. Un buen gobierno debe definir esto explícitamente. No es lo mismo explicar una decisión o una política pública al ciudadano “promedio” que a un especialista o a un líder intelectual o político. Tampoco es lo mismo querer hacerlo para conectar con los jóvenes que querer llegar a adultos mayores. ¿Obvio? Tal vez, pero no tanto. Muchos gobiernos parecen olvidarlo en su quehacer cotidiano. El buen gobierno requiere de una disposición decidida, audaz y deliberada en orden a mantener contacto permanente con los ciudadanos. Y aquello no sólo es un tema de transparencia, también lo es de práctica democrática básica.

En definitiva, un buen gobierno es el resultante de la combinación adecuada y equilibrada de estos cuatro componentes. Es el quinto elemento que como el de los antiguos alquimistas, tiene en sí, la presencia del resto de ellos. El buen gobierno sabe conducir adecuadamente; es capaz de llevar a cabo las coordinaciones internas pertinentes; es efectivo a la hora de anticipar situaciones conflictivas difíciles de asumir; y, es tremendamente potente a la hora de saber comunicar a sus diferentes audiencias los asuntos públicos: su agenda, sus prioridades, sus decisiones.

Mire ahora a su gobierno ¿Qué tal anda en estas cuatro cosas? Tarea para la casa.
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(*) Doctor en Gobierno y Adm. Pública. Director PolíticaPública.cl. Académico Universidad Tecnológica Metropolitana.