Trump y los Ratones que Rugen (Por Tito Flores C.)

Columna de Opinión publicada en “Voces” del diario La Tercera.

En una vieja y satírica película protagonizada por Peter Sellers, titulada “El Ratón que Ruge”, el Ducado de Gran Fenwick, el país más pequeño del mundo, sumido en una profunda crisis económica, derivada de la cesación de compra por parte de Estados Unidos de su único producto de exportación, una variedad de vino de la cepa pinot, decide declararle la guerra a aquel país. De este modo, razonaban en el film sus máximas autoridades, al rendirse rápida e incondicionalmente después de tal declaración, Gran Fenwick terminaría recibiendo la ayuda necesaria para la reconstrucción del país. Se aludía con ello implícitamente al Plan Marshall, la iniciativa norteamericana de ayuda a Europa post segunda Guerra Mundial, cuya implementación, en la época de la grabación de la mencionada película, estaba en su máximo apogeo.

Lo interesante del film no es tanto la aparente ingenuidad del razonamiento de los gobernantes del mencionado ducado, sino sobre todo, y perdónenme el spoiler, su audacia, por cuanto al no recibir respuesta formal a su declaración unilateral de guerra, que había sido menospreciada al momento de recepcionarla por funcionarios gubernamentales intermedios norteamericanos,  su honor puede más, y deciden invadir por mar a Estados Unidos, premunidos únicamente de arcos y flechas y haciendo uso de un pequeño y esmirriado barco alquilado.

Lo curioso es que después de una serie de enredos y equivocaciones, terminan “secuestrando” una bomba nuclear, con lo que de ser un verdadero “país de mierda”, si usáramos la coprolálica y reciente expresión tipológica de Donald Trump, Gran Fenwick se transforma circunstancialmente, en una potencia, en un “ratón que ruge” capaz de poner de rodillas a Norteamérica, que se ve obligada a pactar con el Ducado un acuerdo de paz, que incluía por cierto, un robusto programa de ayuda para el pequeño país.

Gran Fenwick podría ser en sí mismo una gran metáfora de todos aquellos países que a lo largo de la historia reciente, terminaron sumidos en un rol periférico en el orden mundial, como meros proveedores de materias primas o de productos con escaso valor agregado. De aquellas naciones que producto de la aplicación de la “Doctrina Monroe”, de la “Doctrina del Gran Garrote” de Theodore Roosvelt o de los acuerdos de la Conferencia de Berlín, que repartió África entre los imperios europeos del siglo XIX, no les quedó más que aceptar que sus riquezas fueran expoliadas, que su población fuera pauperizada y que sus gobiernos fueran meros títeres de la voluntad de las grandes potencias tutelares.

Porque si en verdad existen esos “países de mierda” a los que se refirió despectivamente el actual presidente de Estados Unidos, esos países que “fracasaron” por sus debilidades institucionales, aplicando la reciente tesis de Acemoglu y Robinson, es en buena medida, porque su situación histórica fue determinante en su devenir y lo sigue siendo hasta hoy. Porque tal y como señalaban Cardoso y Faletto en su añosa teoría de la dependencia, la existencia de países ricos e industrializados se debería en gran medida a la existencia de países pobres. Que la existencia de “países de mierda” en el mundo, se debería entonces precisamente a la existencia de otros que son de “terciopelo”, cuyo enriquecimiento se habría debido a un orden mundial impuesto, que reprodujo y perpetuó las grandes diferencias.

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