El Ideario perdido de la Polis: entre el éxito financiero y el nihilismo consumista

pericles-pnyxPor Pablo Cañón Thomas (*)

Las prioridades de la sociedad chilena han cambiado de forma vertiginosa. Los nuevos tiempos van desarrollando diversas formas de conexión entre las personas, haciendo que la comunicación fluya de una manera pocas veces vista en la Historia. Paradojalmente sin embargo, el paradigma social económico parece estancado desde hace algunas décadas, pues de una u otra manera, ha sabido asimilarse dentro de las variantes que se observan en la globalización. Su principal pilar -el mercado- aún sigue incólume, a pesar de los tormentosos vaivenes cíclicos que en su íntima naturaleza se desenvuelven.

Razones para explicar la detención de los procesos -o si se quiere, de la lentitud de ellos- sobran, siendo casi todos de alguna u otra manera válidos (dependiendo de la óptica en que se enfocan). No obstante, debemos convenir en que una de las principales causas por las que Chile no ha superado sus trancas sociales es la falta de un acuerdo nacional para superar la profunda desigualdad que atraviesa el país desde hace casi 100 años.

La democracia chilena ha madurado, de eso no hay duda, permitiendo que las instituciones cumplan su objetivo de ser intermediarias entre la gente y el Estado, mas no ha evolucionado lo suficiente para asimilar los dejos regresivos que la implantación de un capitalismo extremo y a veces poco racional, provocó. Tampoco se dio con el antídoto: durante el siglo XX se trató de contrarrestar sus efectos mediante políticas proteccionistas que buscaban asegurar la expansión industrial al interior de la Nación, sin reparar que la inflación dejaba una herida que sangraba pobreza de la más extrema. La responsabilidad fiscal no existía y se creía que había una relación directamente proporcional entre el aumento sostenido de precios y el crecimiento económico. Cuando se estableció que la inflación era un problema monetario y que al largo plazo debilitaba la actividad de un país, los gobiernos acortaron correctamente el tamaño del Estado, pero sin proporcionalidad, permitiendo la entrada casi neurótica del mercado en áreas vulnerables de la sociedad. Una vez más, quienes pagaban el costo eran los estratos medios y bajos. En los últimos veinticinco años se ha tratado de compensar dichas pérdidas por medio de un asistencialismo que no tiene muy claro su norte, pero de ninguna manera ha cambiado la tendencia del Estado chileno, el cual sigue de alguna forma socializando las pérdidas.

Teniendo presente que la globalización social y económica es un fenómeno supranacional del cual es imposible sustraerse, se hace necesario preguntarse por la teleología estatal. Nunca antes fue más necesario un nuevo pensar acerca de los fines que como comunidad queremos lograr a través del Estado. La creación de fines comunes, que se plasmen hoy como la inteligencia del ordenamiento jurídico es un imperativo, si consideramos que en la actualidad los espacios públicos (punto de encuentro de la sociedad) han sido aplastados por la vorágine tecnocrática que sólo ve eficacia pero no eficiencia, dejando tras sí a muchos excluidos.

Sin embargo lo anterior, es preciso advertir que la política no ha traspasado las fronteras de la racionalidad económica trazadas desde hace décadas, pues es consciente de que muchos de los errores del pasado son efecto directo de una funcionalidad social no económica, pero tal concepción no debe significar de manera alguna abjurar de su importancia. Es por ello que los principios soberanos que deben inspirar las leyes y la estructura de la nación deben sopesar ambos factores (económico y político-social), re-encontrándose así con el ideario de la polis, tan perdido entre la adoración al éxito financiero y el nihilismo consumista.

En consecuencia, se debe forjar un contexto que propicie acuerdos y genere consensos en torno al monopolio del bien común no sólo con partes afines, sino también con aquellos que por historia han caminado en sentido opuesto. Bajo tal prisma, los cambios propuestos por el actual gobierno apuntan a ello, pues -a grandes rasgos y sin entrar en la letra chica de las medidas- lo que se busca es equilibrar las reglas del juego, hoy inclinadas principalmente hacia la segregación y la exclusión. Sin duda que el camino de transformaciones trazado encontrará fuertes obstáculos y no sólo en la derecha; no obstante, si ello es el precio a pagar por la necesaria supeditación de todos los sectores de la sociedad al espacio público, es un camino que necesariamente debe ser recorrido. Qué tipo de valores y qué finalidades se concebirán es una pregunta que nadie de antemano puede responder, pero si se puede decir que, de nacer, lo harán bajo absoluta legitimidad, al contrario de lo que ocurrió en el pasado.

(*) Pablo Cañón Thomas es Abogado de la Universidad de Chile.

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